Tarde fría en Pamplona, grada caliente y ese murmullo previo a los partidos en los que la afición intuye que no será una jornada cualquiera. El Mallorca se plantó serio, con las líneas juntas y un plan claro tras el cambio en el banquillo donde nuestro querido Jagoba Arrasate había dejado de ser el míster: apretar los errores rojillos y castigar cada pérdida cerca del área de Herrera. Osasuna, mientras, se encomendó a la energía del Sadar, pero se vio incómodo con balón, espeso en la circulación y sin colmillo en los metros finales.
El Mallorca golpea primero
El 0-1 llegó como una bofetada: un grave error de Sergio Herrera, congelando el estadio (se oyeron incluso pitos), abrió el marcador para los bermellones y cambió por completo el guion del partido. El portero rojillo midió mal, regaló una pelota franca en área propia y el Mallorca no perdonó, adelantándose con la sensación de tener el duelo exactamente donde quería. A partir de ahí, el conjunto balear manejó los tiempos, se adueñó de las segundas jugadas y obligó a Osasuna a correr siempre detrás del balón.
La grada protestaba cada decisión dudosa, pero el ambiente era más de resignación que de rebelión, porque el Mallorca parecía llegar antes a todo, más intenso y más claro en las ideas. Osasuna apenas encontraba resquicios: centros sin remate, tiros lejanos bloqueados y muchas miradas al banquillo pidiendo un giro que no terminaba de llegar.
Superioridad bermellona y nervios rojillos
Con el marcador en contra, Osasuna se partió en dos: defensa hundida, ataque aislado y un centro del campo que sufría para frenar las transiciones visitantes. Cada pérdida rojilla encendía las alarmas porque el Mallorca olía sangre y atacaba con calma, moviendo la pelota hasta encontrar el espacio por fuera o un error en la salida local. El contraste era evidente: donde los navarros necesitaban tres toques para controlar, los baleares encontraban líneas de pase limpias y lanzaban a sus hombres de arriba con mucha ventaja.
El segundo tramo del encuentro tuvo acento bermellón: el Mallorca maduró el partido, lo durmió cuando le convenía y lo aceleró justo donde más sufría Osasuna, cerca del área de Herrera, todavía señalado por el fallo del 0-1. Desde la banda, el banquillo visitante veía cómo el plan se cumplía casi al detalle, mientras el local tiraba de orgullo más que de fútbol.
Durante gran parte del encuentro, el Mallorca controló el ritmo, moviendo la pelota con claridad y generando peligro constante en transiciones rápidas. En un momento clave dentro del área rival, Raúl García de Haro vio la roja directa por un pisotón evitable a un jugador bermellón, dejando a Osasuna con diez y complicando aún más su reacción.
La expulsión generó debate en las gradas y redes, con los rojillos alegando falta de intención pero el árbitro implacable en su decisión.
Remontada heroica con diez
A pesar de la inferioridad numérica tras la roja de García, Osasuna tiró de garra y del empuje de El Sadar para igualar primero y remontar después en un final de infarto. Los cambios dieron frescura, los centros generaron caos en el área mallorquina y los rojillos primero con un gol de Kike Barja, muy merecido por su papel esta temporada en el vestuario, y ya en un larguísimo tiempo de descuento, gracias a Budimir, encontraron el 2-2 con puro corazón.
El Mallorca, que mereció más por su superioridad en juego y ocasiones, pagó caro no sentenciar antes.
Para Osasuna, un punto de oro que sabe a victoria moral, impulsado por la increible afición rojilla pese al susto de la expulsión y la desventaja. El Mallorca se marcha frustrado, con dos puntos perdidos tras dominar y una lección sobre cerrar duelos en estadios como El Sadar.





